Stephane Furber: La redención de un poeta vagabundo

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Stephane Furber nació en 1940 en Texas. En su juventud se ganó cierto prestigio, cierta reputación, como cantante country. El alcohol, su adicción, le dio un empujón y le hizo caerse ya para siempre de los escenarios. Se sabe que durante la mayor parte de los años setenta anduvo dando tumbos de acá para allá, prácticamente mendigando. Estuvo a punto de morir abrasado  luego que como producto de una borrachera se quedó dormido con un cigarrillo entre las manos. Cuando ya parecía haber tocado fondo, cuando ya no era posible caer más bajo, sucedió que en Waxahachie, un remoto pueblo de Texas, una joven viuda, que respondía al nombre de Daphne, se apiadó de él. Una cosa lleva a otra: la piedad al amor. La historia terminó en boda. Stephane Furber adoptó legalmente a Jimmy, el hijo de Daphne, y de ahí en adelante se pasó el resto de su vida sobrio, detrás del mostrador de una ferretería.
 
A su muerte, que tuvo lugar en el año 1995, Jimmy, su hijo, encontró un librito con poemas, con veinte poemas para ser exactos. Este pequeño, pero hermoso e impagable librito se editó en el año 2001 en Estados Unidos e hizo que alguien recordara los viejos discos de Furber, pero no por mucho tiempo.
 

DaphneEl libro de Furber no se consigue en su original idioma, sin embargo en Argentina, una pequeña imprenta llamada Mondatordi, publicó el libro traducido por Mariana Lotti y lo tituló Daphne. La vida de Furber entreverada en los versos de los poemas hacen de este corto libro una lectura fascinante.  Los poemas reconstruyen de alguna forma, la vida de este cantante, poeta y vagabundo que terminó sus días como un ejemplar padre de familia gracias al poder redentor del amor.

 

FIRE
 La noche que lo abandonó todo
anduvo sin rumbo hasta la madrugada.
Era como una pequeña mierda
en medio de los campos de petróleo,
bajo un montón de estrellas.
Tenía un agujero en los jeans
por donde se le perdían los centavos
y un rastro de memoria entre las cejas
que le hablaba de un incendio reciente,
de una casa en llamas.
CROSSROAD
Se trata de elegir,
siempre se trata de elegir
y cada día, cada momento del día,
es un jodido cruce de caminos
donde no hay más señales
que tu intuición,
esa brújula donde las vísceras
imantan el norte. 
DIRTY BLOOD
Viví un tiempo en que bajo cada día,
como bajo cada piedra de Sonora,
se escondía un maldito escorpión
agazapado en la sombra.
Llegó un momento
en que corría tanta sangre
como ponzoña por mis venas.
Cualquiera hubiera jurado entonces
que me quedaba de vida
lo que a un perro sarnoso.
Aún me sigo preguntando
de dónde diablos saqué fuerzas
para desangrarme el pasado.
DAPHNE
 Si alguien te recoge medio muerto
a la puerta de su casa en un día de tormenta
cuando ya no tienes más aliento
que el vapor del whisky.
Si alguien tiene el coraje
de acercarse a un manojo de harapos
empapados de orina y lluvia.
Si alguien te arrastra hasta su bañera,
te hace café
y se apiada de tu suerte.
Si alguien te sonríe después de años.
Ten por seguro que serás por fin
capaz de pelearte contra el tigre
que te come las entrañas.
Que amarás por siempre a Daphne.
THE SMILE OF DAPHNE
Hay aún quien recuerda mis canciones.
A veces incluso me piden
que vuelva a cantarlas.
Pero ya pienso que son de otro.
Hasta he olvidado muchas de sus letras.
He vuelto, eso sí, a escribir casi a escondidas.
Pero de otras cosas.
Sobre el armario de la habitación
se han ido apilando, poco a poco, las cuartillas.
Daphne nunca me preguntó qué eran.
Pero el día que cogí de nuevo la guitarra
y le puse música a uno de esos papeles,
me dedicó una de las mejores sonrisas
que nunca le haya visto a la vida.
THE DOG
Daphne perdió a su hombre en Corea.
Jimmy acababa de nacer entonces.
Nunca lo conoció.
Nunca se hicieron los tres juntos una foto.
Daphne no habla de él.
Pero el crío me enseña a veces
la medalla que el ejército
le concedió a su padre.
Murió en combate.
Era un tipo guapo, rubio.
El muy cabrón
jamás se hará ya viejo.
Hay días en que pienso
que la vida no se ha cebado como parece
con Daphne y Jimmy.
Guardan en su corazón
la memoria de un héroe de guerra
y tienen su casa al cuidado
de un perro fiel al que recogieron
después de un atropello.
Yo mismo, Stephane Furber.
THE SUNDAY OFFICES
Los domingos acompaño a Daphne hasta la iglesia.
El reverendo Moosley
le da la bienvenida en la puerta de los feligreses.
Conoce a cada uno por su nombre.
Lo veo todo en la distancia;
apoyado en la furgoneta
mientras enciendo un cigarrillo.
Cuando no queda nadie afuera,
Moosley sonríe y me saluda con su mano izquierda.
En la derecha aprieta la Biblia.
Quizás a Daphne le gustaría
que algún día entráramos juntos.
Pero prefiero oír la música del órgano mientras fumo.
Me hace recordar mi otra vida.
De qué me valdría la fe a estas alturas,
cuando me he escapado ya una vez de los infiernos.
 
 
SAVE THE LAST DANCE FOR ME
La primera vez
que le pedí a tu madre
que bailáramos juntos
sonaba Save the last dance for me
en el viejo salón de Duddy.
Llevaba tres meses sin beber
y me sentía un hombre nuevo,
incluso ya no me temblaba el pulso.
Y de repente,
en medio de la pista de baile,
mientras llevaba de la cintura a Daphne,
volví a temblar,
pero esta vez desde los pies a la cabeza.
THE OLD KINGSLEY
El viejo Kingsley viene a menudo a la tienda.
Arrastra una silla hasta la ventana
y conversa lo justo
mientras les mira el trasero a todas las mujeres
que se pasan por Broad Street.
Dicen que fue un auténtico toro de joven.
Los años le han ido domando las prisas
pero aún mantiene esas ganas intactas
de los tipos a quienes les sobran
los buenos recuerdos.
Cuando Daphne le anda cerca,
el viejo apura tanto la calada de su cigarro
que el humo le provoca
una tos larga y seca.
ONE DAY IN THAT TIME
Las ventanas estaban abiertas.
El aire las batía
como palmas de espectadores
en torno a un ring de boxeo.
Tan atenazante es a veces el abandono
que ni siquiera nos conmueve
el estruendo de una grada.
Sobre el suelo se hicieron
de golpe añicos los vidrios.
Al sexto o séptimo asalto
todo acabó en un fuera de combate.
Cuando el público desalojó el estadio
había sangre en la lona
y ceniza de cigarros por el suelo.
Pero tampoco entonces
se me abrió un resquicio
de lástima en los ojos.
THE VISITOR
Llevaba años sin saber de él
pero lo reconocí nada más verlo.
Siempre fumó del mismo modo,
levantando la barbilla
y echándole el humo con desdén al mundo.
Recorrió un montón de millas para encontrarme,
alguien le había hablado de dónde vivía
y a qué me dedicaba.
Quizás sólo vino por ver si era cierto,
por saber si su viejo amigo,
aquel cantante de voz oscura y mala bebida
madrugaba todos los días
para vender piensos y cortacéspedes
en un galpón de un pueblo perdido en el oeste.
Dejé un cartel a la entrada
avisando de que volvería pronto.
Nos tomamos juntos una cerveza en la cantina.
Apenas si supimos de qué hablar.Stephane Furber, Daphne.
Editorial Mondantordi, Argentina, 2007.
Traducción de Mariana Lotti.


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