La maleta en el desván

Todos llevamos maletas polvorientas, flores viejas, muertos insepultos, miradas del tiempo y otras cosas tangibles e intangibles en ese desván que somos los seres humanos. De vez en cuando, se nos ocurre sentarnos a revisar ese cúmulo de objetos, sensaciones, pieles y recuerdos para rememorar a una persona que ya sólo mora en nuestras brumas, para revisar cuánto tiempo ha pasado desde un acontecimiento o tan sólo para saber cuán viejos somos en la medida en que ya sólo pensamos en la nostalgia, el ensueño, la muerte y el olvido que nos acecha a cada vuelta de esquina.

Pero hay quienes no se quedan en ese mero esfuerzo mental, sino que hacen obra a partir de esos baúles mentales, repletos de anécdotas e imágenes de otros tiempos. Hay quienes pueden asumir eso y rendirle un tributo al primer amor, al amigo fallecido, al camarada asesinado, a la patria alejada y lejana, a la búsqueda de uno mismo en un río de China, en un desierto de Australia o en un tren suramericano que hace escalas donde sólo la literatura y la fantasía son capaces de llegar.

Dentro de esos privilegiados por la palabra se encuentra Carlos Ernesto García, quien en su poemario La maleta en el desván evoca y resurge desde la semilla de maíz guanaco, que es su etapa infanto-juvenil, para recorrer grandes trozos de su vida y hacernos reflexionar sobre nuestros propios tránsitos por el mundo, nuestros momentos de felicidad, nuestros espacios de dolor y angustia y nuestros ensueños de cara a un futuro vital que cada vez se hace más y más estrecho.

De El Salvador hacia el mundo, las palabras de Carlos Ernesto nos abren la puerta a ese microcosmos del poeta que es el planeta mismo, un lugar para acechar y ser acechado, para escapar y ser exiliado, para cazar y ser cazado, para vivir y ser muerto de cualquiera de las casi infinitas maneras en que los humanos sabemos despachar a nuestros congéneres para que tengan la rara percepción de observar las flores desde las raíces.

Las palabras construyen realidades y en estos poemas hacen las veces de catalizadores de todo ese cúmulo de experiencias, sentimientos y pensamientos que el poeta ha ido acumulando en su maleta de viaje desde hace más de tres décadas, cuando ya los dedos de la violencia se cerraban sobre la garganta geográfica de la patria salvadoreña, hasta la fecha, hasta ahora que pasea su campesino ser aburguesado por las calles de Europa, en busca creciente del intelecto que aún se le niega a la población de esta pequeña porción de una Centroamérica que siempre inventa nuevos problemas para no salir del asombro y la miasma, de la expiración y la indiferencia.

Frente a eso, la maleta de Carlos Ernesto no puede ser vista como un viejo objeto tirado en el desván, sino como una invitación palpitante a recorrer el pasado, para apreciar el presente y visualizar algo nuevo entre las brumas de ese futuro que parece que nunca llega, pero que en un cerrar de ojos ya ha transcurrido y se nos ha vuelto parte de ese tiempo anhelado y lejano, al que buscamos en procura de claves que nos ayuden a ahogar un grito, a solventar una angustia o a evocar una caricia; porque lo que la piel ha disfrutado no se borra jamás, aunque quizá se nos ocurra negar y renegar de nuestras palabras más adelante. Así, la maleta y el desván aún tienen nuevas andanzas que vivir y recorrer, porque los vientos ya soplan y huelen a mares, a tierras y a cielos distintos.

Por Carlos Cañas Dinarte publicado en el Periódico de Poesía de la UNAM de México.

Primer Amor

Para Yanira L. Martínez 

Me conformaba
con acompañarte.
Con caminar a tu lado.
Ni siquiera
esperaba una sonrisa.
Una mirada tuya
habría bastado.

Supe que mi nombre sonaba bien
la primera vez que lo pronunciaste tú.
Pero sólo éramos
dos estudiantes de primaria
regresando de la escuela
por una calle polvorienta.

Desapareciste un verano
dejándome solitario en el camino.
Tu futuro era Ilobasco y no yo.
Lo comprendí con los años.
Fue aquella tarde en que bailé contigo
– para ser más exactos – y porque
cuando pronunciaste mi nombre
ya no sonaba tan bien.

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