Zweig, entre la pasión y la obsesión

El escritor alemán Stefan Zweig

Retornar a Stefan Zweig de vez en cuando es asegurarse una lectura de calidad, de palabras bien punteadas y emociones sabiamente dirigidas. Entre su abundante obra no es difícil encontrar textos donde las palabras fluyen y los argumentos invitan al pensamiento, aunque bien es cierto que unas cuantas de sus obras descollan por encima del resto porque se aproximan a lo sublime. En cierto modo, este resurgimiento de la obra de Zweig en España, que le está dando el reconocimiento cualitativo que no obtuvo en sus mejores épocas, cuando no era visto más que como un envidiado autor de best-sellers, tiene mucho que ver con el marchamo de calidad que ofrecen sus narraciones. Y uno se pregunta si es que el nivel actual ha descendido tanto que es necesario rescatar autores de amplia cultura con buen hacer literario o es que con el paso de los años hemos aprendido a dejarnos seducir por la melodía de sus textos, redescubriendo así a un auténtico orfebre de las palabras. Me inclino a pensar que la calidad no tiene caducidad y que en un momento u otro debe aflorar ajena a las modas, pues se convendrá que Zweig no fue precisamente un experimentador de nuevas técnicas narrativas, sino más bien un escritor harto convencional que destilaba pasión en su oficio.

Además de escribir algunas lúcidas y emocionantes biografías y de regalarnos con uno de los libros de memorias más inolvidables que conozco, escribió varias obras de ficción entre novelas, cuentos e incluso una obra teatral. Sus novelas suelen ser casi relatos largos donde trata de plasmar con intensidad un sinfín de emociones. De entre las más populares traigo tres: Carta de una desconocida(1927), Veinticuatro horas en la vida de una mujer (1929) y Novela de ajedrez (1941).

Escena de Carta a Una desconocida

Carta a una desconocida, en su versión cinematográfica de Max Ophuls (1948)

Carta de una desconocida es un soliloquio apasionado, una misiva de amor eterno que recibe un famoso escritor. La elegante prosa de Zweig encaja admirablemente para narrar esa melancólica historia de amor no correspondido, una historia desgarradora de sufrimiento que se convierte en pasión enfermiza. Cada inicio de fragmento de la carta de esa amante desconocida viene punteado por el triste “Mi hijo murió ayer…”, aunque a medida que la historia avanza también lo hará ese comienzo. Si bien la autora de la carta se justifica diciendo que no es una misiva de reproche, es evidente que al enviarla está recordándole al destinatario que la visión del amor que tiene él es frívola, frente a la sincera pasión y fidelidad extrema que ejerce ella. La capacidad del autor para hablar desde el corazón femenino, aunque sea desde un corazón enfermizo hasta la obsesión, es una de sus muchas virtudes. Sin forzar excesivamente, el autor logra conmovernos aunque no lleguemos a entender tanto exceso.

En Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Zweig da voz a una mujer que al cabo de los años encuentra un interlocutor sin prejuicios al que poder explicarle un episodio de su vida, una aventura que marcará el resto de sus años. El autor nos habla de nuevo de las pasiones humanas con mano maestra, pero la historia no logra que interioricemos el drama pasional porque es una obra más encorsetada y en cierta manera demasiado tradicional para que nos sorprenda. De todas maneras, en esta narración de amor no correspondido y engaño se nos transmite un debate sobre la moral y los prejuicios muy interesante, además de describirnos con gran detallismo el perfil psicológico de un jugador compulsivo.

Cartel promocional para la película Juego de Reyes de Gerd Oswald, una famosa película sobre el juego de ajedrez basada en la novela corta de Stefan Zweig "Novela de Ajedrez"

Cartel promocional para la película Juego de Reyes de Gerd Oswald, una famosa película sobre el juego de ajedrez basada en la novela corta de Stefan Zweig “Novela de Ajedrez”

La última novela escrita por Zweig antes de suicidarse y quizás la más querida y admirada de sus obras es Novela de ajedrez. Allí encontramos a un autor desencantado que ya no ve salida a la tragedia humana que los nazis han desencadenado. Es fácil ver el simbolismo de esta obra, pues el autor encaja con ese personaje central de la historia que es el Sr. B, un culto vienés apasionado por el ajedrez que se enfrentará en el tablero a un ser racional y frío, símbolo de la poderosa Alemania; la tradición y la caballerosidad frente al arribismo y la mecanicidad. En sus poco menos de cien páginas, Zweig construye una narración perfecta y un estudio psicológico de gran profundidad, donde pasión y obsesión se intercalan de forma dramática.

La historia que el Sr. B cuenta al narrador sobre su aprendizaje del juego del ajedrez es el eje central de toda la obra y ejerce tal poder de seducción sobre el lector que se acaba entrando en el mundo interior de un personaje abocado a la esquizofrenia. Su sufrimiento es el nuestro porque se entiende su obsesión, que es su única tabla de salvación y a la vez ayuda a comprender un poco mejor a Stefan Zweig, quien siempre bordeó la débil línea que separaba la pasión de la obsesión.

Por Carlos Frutos. Buscador de Tusitalias

 

 

Sobre Stefan Zweig

El novelista austríaco Stefan Zweig se suicidó en 1942 para acabar con su vida «en el momento apropiado» tras haber visto a Europa, su «patria espiritual», entonces inmersa en la Segunda Guerra Mundial, «destruirse a sí misma», según la nota que dejó  antes de morir y que sacaron a la luz medios israelíes el año pasado, en el 70 aniversario de su muerte.

Zweig era el autor más leído entre entre guerras, Zweig escribió biografías sobre personajes enfrentados a periodos convulsos: María Estuardo, Erasmo… Su «Castellio contra Calvino» (1936), ambientado en la Ginebra que envió a la hoguera a Miguel Servet, constituía un alegato contra el totalitarismo: «Tolerancia frente a intolerancia, libertad frente a tutela, humanismo frente a mecanización, conciencia frente a violencia”.

En veinte años, aquel ciudadano del mundo asistió a la desaparición del imperio austrohúngaro y vio su Viena natal convertida en 1938 en capital de provincias del III Reich. Libros, conferencias, discursos radiados. Todos los territorios resultan hostiles para un judío cosmopolita, doble condición demonizada por comunistas y nazis. Su vida se torna errante pasando por estadías en Londres y Nueva York. Cuando recibe la noticia del pacto germano-soviético, colige que nunca más podrá regresar a Europa. Allí dejó perdido su «Balzac», y «perdidos están todos los países en los que yo había arraigado, ya que el mundo inglés y el americano no son mi mundo…».

Zweig huyó a Brasil en 1936, tres años después de que los nazis hubiesen subido al poder en Alemania y dos antes de que invadiesen su país natal. Atormentado cada día más por el crecimiento de la intolerancia, autoritarismo, nazismo y el fascismo que había llegado hasta Sur América y perdiendo toda esperanza en la humanidad,  el escritor ingirió un veneno letal con su mujer, Lotte, en la ciudad de Petrópolis, a 66 kilómetros de Río de Janeiro.

En la nota, encabezada con el portugués «declaraçao» (declaración) y luego desarrollada en alemán, Zweig explica que dice adiós a este mundo «de propia voluntad y con la mente clara» y agradece a Brasil su hospitalidad.

«Cada día he aprendido a amar más este país, y no habría reconstruido mi vida en ningún otro lugar después de que el mundo de mi propio lenguaje se hundiese y se perdiese para mí, y mi patria espiritual, Europa, se destruyese a sí misma», escribió.

Pero, continua, rehacer una vida pasados los sesenta años de edad requiere «poderes especiales», cuando «su propio poder se ha gastado tras años de errar sin hogar».

«Prefiero, pues, poner fin a mi vida en el momento apropiado, erguido, como un hombre cuyo trabajo cultural siempre ha sido su felicidad más pura y su libertad personal. Su más preciada posesión en esta tierra», argumenta antes de desear a todos sus amigos que «vivan para ver el amanecer tras esta larga noche».

La nota fue recogida por la policía brasileña, que tuvo que recurrir a un doctor judío local para traducirla del alemán. El médico pidió entonces quedarse con el original por su significado histórico, pero la policía se negó, porque lo necesitaba como evidencia en el caso.

El mismo doctor compró la nota veinte años después a un policía jubilado y en los noventa la donó a la Biblioteca Nacional de Israel, situada en Jerusalén, que en febrero del año pasado lo sacó a la luz.


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